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domingo, 12 de octubre de 2014

Entrevista en Hágase la Luz (Radio Euskadi)

Ébola: ¿otra falsa pandemia?

Por enésima vez, los grandes poderes sanitarios: agencias del Departamento de Salud estadounidense, multinacionales farmacéuticas, biotecnológicas y alimentarias, Organización Mundial de la Salud... han montado otra epidemia que cumpla los objetivos habituales: renovar el terror ante amenazas invisibles e incontrolables, asegurar negocios a corto y medio plazo con nuevos fármacos y vacunas, y mucho más importante, aunque menos visible, afianzar los dogmas de la medicina moderna occidental. En este caso le ha tocado el turno al Ébolavirus Zaire, acompañado de los mismos actores de reparto, las mismas víctimas como extras prescindibles y las mismas mentiras en el guión. 

"No hay forma de Poder sobre la gente que pueda ejercerse si no es a través de la mentira. Es la mentira y la mentira presentada como verdad y como objeto de fe lo que ha dado siempre fuerza al Poder y sigue dándosela hoy día" (Agustín García Calvo)

ENTREVISTA EN RADIO EUSKADI

Una vez más, Teresa Yusta marca la diferencia con los grandes medios de comunicación atrapados en su defensa de las verdades oficiales y me invita para una entrevista valiente en la que aportar información y puntos de vista críticos.

 12 de octubre, 2014

Escucha o descarga aquí el programa en la web de Radio Euskadi 
(Entrevista entre los minutos 56:32 y 1:29:44).
O escúchala directamente aquí abajo:

miércoles, 30 de julio de 2014

Contra el fundamentalismo científico

1. Planteando el problema
  

La Ciencia está siendo utilizada como fuente supuestamente “objetiva” de conocimiento y producción de “verdad”, constituyéndose en un mecanismo de poder cuya fuerza y efectividad radica precisamente en que no es percibido como tal:
"Es precisamente esa pretensión de la ciencia de constituirse en metadiscurso verdadero por encima de las ideologías, saberes y opiniones particulares, lo que la constituye como ideología dominante […] su capacidad de persuadirnos de que no estamos siendo persuadidos, es precisamente esa mentira verdadera de la ciencia la que hace de ella la forma más potente de ideología en nuestros días: la ideología científica" [1].
La interacción entre este mecanismo totalitario -que hace pasar una determinada construcción de la realidad por la realidad misma- y la Bioética, esa nueva ciencia que se presenta a sí misma como interdisciplinar y se adjudica la función de decidir hasta dónde debe dejarse actuar a la ciencia y sus aplicaciones, abre la puerta a la impunidad: diagnósticos infalibles, curaciones milagrosas, seres humanos a la carta... la imposición sin trabas de un discurso ideológico con graves consecuencias sanitarias y ecológicas, escamoteado tras la pretendida objetividad científica [2].


El éxito del discurso científico ha sido conseguir que las mayorías formadas en las instituciones educativas del sistema acepten como realidad objetiva exterior, lo que no es más que una construcción subjetiva, cuando no un montaje motivado por intereses inconfesables.

Nos encontramos en manos de quienes tienen el poder suficiente para conseguir que sus teorías se acepten y para impedir que otros las refuten. Se cumple así rotundamente la profecía de Comte en un libro cuyo sólo título ya habla por sí mismo, una obra que sentó las bases del discurso dogmático y reaccionario defendido actualmente por la autodenominada “Comunidad Científica” y sus seguidores:
"La sustituimos por una religión sistemática que desarrolle la unidad del hombre; porque lleva tiempo hacer posible la constitución de tal religión inemdiata y completamente, mediante la combinación de los resultados de nuestro estado previo asistemático. Como consecuencia natural, entonces, de sus principios, el Positivismo acabará con el antagonismo entre las diferentes religiones que lo han precedido, porque reclama como su peculiar dominio ese territorio común en el que todas han descansando instintivamente"[3].
Frente a este discurso fundamentalista, aquí defendemos que lo científico no es objetivo -mucho menos cuando se aplica a lo viviente-, que el método científico no es la única posible aproximación al conocimiento -ni siquiera la más completa- y que la imposición de la ortodoxia bajo auspicios de las multinacionales de la farmacia tiene consecuencias fatales para el medio ecológico y para la salud y el bienestar de la humanidad.



2. Analizando conceptos

“Lo que mueve a la ciencia no es la voluntad de saber,
 sino la voluntad de dominar”
Umberto Galimberti

“Atacar la razón científica es hoy una necesidad, 
no para acabar con el conocimiento científico 
sino para romper su funcionamiento como retórica de la verdad”.
Tomás Ibáñez
  

“Conocimiento científico”

La mayoría de las fuentes consultadas entienden que el “conocimiento científico” es una aproximación crítica a la realidad basada en el “método científico”. The business dictionary [4] da la siguiente definición que podemos considerar ortodoxa:
"Conocimiento de un hecho o fenómeno adquirido mediante el método científico. Cuatro factores son esenciales para la clasificación de información como conocimiento científico: (1) prueba independiente y rigurosa, (2) publicación mediante “peer review”, (3) medida de error actual o potencial, y (4) grado de aceptación por la comunidad científica".
La primera condición es impecable... en el supuesto de que pudiera llevarse a la práctica. Sin embargo, las tres condiciones restantes convierten el supuesto “conocimiento del hecho o fenómeno” en una cuestión enteramente subjetiva dependiente de un grupo de “expertos”, de mil y una conjeturas sobre criterios de interpretación de lo que pueda establecerse como “rate of error”, y muy especialmente del “grado de aceptación” por parte de una entelequia indefinida, la “comunidad científica”, “iluminada por un don especial, el ethos científico”, a decir de Emmanuel Lizcano [5].

Otros autores igualmente representantes de la retórica de verdad actual de la ciencia están de acuerdo con matices en que el conocimiento científico se sustenta en dos pilares: reproductibilidad -es decir, la posibilidad de poder repetir un determinado experimento- que exige como condición previa la comunicabilidad y que posibilita la comprobación sin prejuicios; y la falsabilidad, posibilidad de diseñar experimentos que lo nieguen.

Si la condición primordial del Método Científico es la falsabilidad y ésta sólo puede comprobarse de modo fehaciente cuando una teoría resulta efectivamente falsa, entonces lo que tenemos es un conjunto de teorías que aún no han sido refutadas, puesto que el método no puede distinguir entre teorías verdaderas y falsas, sino entre las que son falsadas y las que aún no lo son. Y esto aceptando los criterios propuestos para falsar, es decir para comparar teoría con realidad.

Otra característica fundamental del conocimiento científico es su etnocentrismo, que lleva a la mayoría de los autores a calificar el conocimiento no científico como “vulgar” [6], “común” [7], “ordinario” [8], “precientífico” [9], y en general opuesto al “conocimiento por excelencia” que sería según ellos el conocimiento científico.



“Método científico”

Una definición generalizada: “prácticas utilizadas y ratificadas por la Comunidad Científica como válidas a la hora de exponer y confirmar teorías. Habitualmente se utiliza como forma de eliminar falacias y prejuicios. Solo las ideas que puedan comprobarse experimentalmente están dentro del ámbito de la ciencia”.

El método científico sirve para establecer el conocimiento científico, pero puesto que consiste en prácticas acordadas por la comunidad científica, ello supone que los científicos se ponen de acuerdo sobre el modo válido de establecer el conocimiento. ¿Es posible acordar lo que constituye un conocimiento objetivo? ¿No es un acuerdo la suma de subjetividades coincidentes?

Roland Omnés [10] considera la ciencia como “representación de la realidad” y el “método científico” como “un método para juzgar, no para construir”. ¿Qué significa esto exactamente? ¿Resuelve Omnés los problemas de la intervención humana en el presunto conocimiento objetivo de la naturaleza?

Veamos: “el método de que se trata es aquel que permite comprender cómo se puede reconocer después si una ciencia está firmemente establecida”. Omnés elude por tanto la cuestión inicial: ¿cómo se construye?

Según Omnés, el método tiene cuatro tiempos, el segundo de los cuales es el crucial: “es el de conceptualización […] consiste en elaborar y seleccionar conceptos adecuados a una representación de lo real”. Pero, ¿con qué criterios podemos saber que son “adecuados”?

En el cuarto tiempo de su método, correspondiente a la “verificación”, Omnés viene a plantear la ingenua postura desarmada por Karl Popper y que ya Einstein consideraba poco menos que absurda: que a base de “miríadas de previsiones y experiencias” que nos dicen que la teoría se cumple, podemos darla “sin duda” por “verdadera”.

La crítica más radical a las pretensiones de “objetividad” y “verdad” del discurso científico proceden del anarquismo epistemológico [11], cuyo autor más arriesgado y carismático es Paul Feyerabend, cuyo tratado Contra el Método se ha convertido en un clásico de la contestación a una ciencia esclerotizada y prepotente, a la que Feyerabend coloca un mismo plano con otras vías de acceso al conocimiento.


“Ciencia fáctica”

El epistemólogo Rudolf Carnap planteó una división básica de las ciencias en tres grupos: la Lógica y la Matemática serían ciencias “formales” por oposición a las “empíricas” o “fácticas”, divididas a su vez en dos grupos: las “naturales” -Astronomía, Biología, Física, Geología, Química, Geografía- y las “sociales”: Antropología, Política, Economía, Historia, Psicología, Sociología...

Las ciencias formales utilizan, según Bunge, la lógica para demostrar rigurosamente sus teoremas, las ciencias fácticas necesitan de la observación y la experiencia. Dos rasgos esenciales de las ciencias de la naturaleza son:

—racionalidad: “conceptos, juicios y raciocinios” que pueden combinarse mediante reglas lógicas y organizarse en un “sistema”, es decir en una retórica de verdad o “paradigma” en la conceptualización de Kuhn.

—objetividad: según Ferrater Mora, “objeto” es “lo que no está en el sujeto”, sea real o no. Se trata pués de lo que se percibe en el exterior desde el sujeto. Brown, discutiendo los problemas relacionados con la objetividad científica -que no son pocos ni leves precisamente- dice: “la tesis de que la ciencia es objetiva […] no es evidente a todas luces, ni tampoco es una afirmación en favor de la cual se haya aportado ningún elemento de juicio empírico. Antes bien, es una proposición paradigmática, un supuesto básico del programa de investigación del empirismo lógico” [12].



“Verdad”

Después de dar vueltas buscando la “infalibilidad mediante la eliminación del juicio humano” durante doscientas páginas, Harold Brown [13] -cuya premisa fundamental es que “el conocimiento solo puede ser verdadero”, acaba diciendo: “estamos así de nuevo en el mismo punto que comenzamos. A menos que los científicos tengan un método efectivo para determinar de una vez por todas qué proposiciones son verdaderas, no podemos determinar qué parte de la ciencia corrientemente aceptada es de hecho conocimiento, ni tan siquiera si existe algún conocimiento científico en absoluto”.

¡Enorme dilema! Brown acude al razonamiento circular para proponer que lo que no es verdadero no es conocimiento, pero ¿cómo podemos establecer lo que es “verdadero”?

Brown termina cayendo en la misma zanja que el resto de sus colegas: “una vez que nos libramos de la creencia de que la ciencia puede establecer verdades definitivas”, sólo nos queda aceptar “en cambio que lo que puede esperar alcanzar la ciencia es un consenso racional tentativo basado en los elementos de juicio disponibles”. Las páginas finales de su libro están dedicadas a dar su opinión de cómo debe establecerse un consenso “legítimo”.

¿Y dónde queda la incómoda exigencia de “verdad”? La propuesta de Brown es tan sorprendente como desvergonzada: propone aceptar dos definiciones para “verdad”: la “verdad1” correspondería al concepto que denota un valor absoluto y adecuación a la realidad, mientras que la “verdad2” sería la “verdad científica”, aceptando que cualquier proposición que forma parte del conocimiento científico es “verdadera2” aunque no sea “verdadera1”.

Es decir, lo que propone Brown es un concepto de verdad relativa que al insertarla en el terreno de la ciencia se convierte en “absoluta”. ¿Estamos ante un pragmático sin la menor suspicacia? ¿Ante un cínico? ¿Ante un estafador que cree dirigirse a incautos lectores?

Por su parte, Mario Bunge define verdad como lo “que concuerda aproximadamente con su objeto”. El adverbio es suficientemente elocuente; la concesión casi anula el concepto de objetividad, pues ¿quién decide cuánto de aproximado debe ser para que pueda considerarse objetivo? ¿A partir de dónde deja de serlo? No parece sino puro relativismo.

Pero Bunge continua: “que verifica la adaptación de las ideas a los hechos”. ¿Y cómo lo hace? “recurriendo a un comercio peculiar con los hechos (observación y experimentación), intercambio que es controlable y hasta cierto punto reproducible”. Nueva ralativización y pregunta obligada: ¿hasta qué punto se permite que pueda llegar esa adecuación o esa falta de adecuación para que la observación pueda considerarse verificada?

La “verdad” es, por tanto, la mentira del sistema que controla los procesos de producción y comunicación de los discursos. Como dice Agustín García Calvo: “No hay forma de Poder sobre la gente que pueda ejercerse si no es a través de la mentira [...] es la mentira y la mentira presentada como verdad y como objeto de fe lo que ha dado siempre fuerza al Poder y sigue dándosela hoy día [...] de forma que ¿qué duda os cabe de que la encargada del mantenimiento de esta mentira es la ciencia y que no puede declararse inocente de nada?” [14].

Sólo produciendo a contracorriente, creando contra la “verdad”, ponemos en marcha un auténtico proceso de transformación social.




“Dogmatismo”

“Por extensión, el término dogmatismo designa la tendencia a erigir fórmulas que expresan conocimientos en verdades indiscutibles, al margen del estudio, de la crítica y del debate” [15].

Mario Bunge, considerando la pregunta de si el Método Científico es dogmático, dice:
"No se conoce otro remedio eficaz contra la fosilización del dogma -religioso, político, filosófico o científico- que el método científico, porque es el único procedimiento que no pretende dar resultados definitivos. El creyente busca la paz en la aquiescencia; el investigador, en cambio, no encuentra paz fuera de la investigación y la disensión: está en continuo conflicto consigo mismo, puesto que la exigencia de buscar conocimiento verificable implica un continuo inventar, probar y criticar hipótesis. Afirmar y asentir es más fácil que probar y disentir; por esto hay más creyentes que sabios, y por esto, aunque el método científico es opuesto al dogma, ningún científico y ningún filósofo científico debieran tener la plena seguridad de que han evitado todo dogma” [16].

“Fundamentalismo científico”

A partir del encuadre de Lizcano: “También nosotros tenemos nuestra particular forma de fundamentalismo, es decir, ciertas creencias incuestionadas e incuestionables, ciertos absolutos que justifican cuantos sacrificios se estimen necesarios para su preservación, defensa y expansión. Incluso sacrificios humanos. El nuestro es el fundamentalismo tecno-científico” [17], propongo -esquemáticamente- las siguientes reflexiones:

La ciencia moderna es el “reino de la cantidad”, “desprecia o aparta una parte considerable de los datos de la experiencia, a saber, todos los que presentan un carácter genuinamente cualitativo” [18]. Ese desprecio por lo esencial -cuyo origen se halla en el racionalismo cartesiano, que a su vez hunde sus raíces en el Renacimiento y ha desembocado en el materialismo moderno- la convierte en “completamente incapaz de explicar nada” [19].

Paradójicamente, la ciencia -empeñada en la búsqueda de principios que no dependan de la  subjetividad humana y eviten por tanto desembocar en relativismo, irracionalidad, discrecionalidad...-  pretende un origen “suprahumano” para fundamentarse, que la arrebata de las manos de lo que ella misma considera racional y la lanza directamente al mismo terreno que la tradición, la intuición, la religión y demás conocimientos de los que pretende diferenciarse y que considera “inferiores”.

Frente a esas “pseudociencias”, la ciencia pretende autolegitimarse como objetiva, como conocedora de una verdad exterior que no depende de la subjetividad e individualidad humana, pero, por otra parte, niega todo lo que no es material, es decir, todo lo que no puede percibir el ser humano con sus sentidos.

Ernesto Sábato:
“Las regiones más valiosas de la realidad -la más valiosa para el hombre y su existencia- no son aprehendidas por esos esquemas de la lógica y la ciencia […] De las tres facultades del hombre, la ciencia sólo se vale de la inteligencia y con ella ni siquiera podemos cerciorarnos de que existe el mundo exterior ¿Qué podemos esperar de problemas infinitamente más sutiles? […] el arte y la literatura, pues, deben ser puestas al lado de la ciencia como otras formas de conocimiento” [20].
No deja de ser paradójico que un movimiento humanista haya sentado las raíces de la deshumanización, ya que “como servidor de la máquina, el propio hombre debe convertirse en máquina” [21].

El resultado final de ese proceso de caída -enunciado lúcidamente por Guénon en 1945- es el hecho de que las “aplicaciones prácticas” -la Era Tecnológica, diríamos 65 años después- “constituyen la única superioridad efectiva de la civilización moderna; superioridad poco envidiable por otra parte y que, desarrollándose hasta ahogar toda otra preocupación, ha dado a esta civilización el carácter puramente material que hace de ella una verdadera monstruosidad” [22].

Y es que, en estos momentos, ya no hablamos de la ciencia moderna en el sentido en que lo era en los siglos pasados, sino que, como dice Bauer: “la ciencia del siglo XXI es diferente de la `ciencia moderna´de los siglos XVII al XX; se ha producido una transformación `radical, irreversible, estructural´ a nivel mundial, en la forma de organización y actuación de la ciencia […] Un aspecto de ese cambio es que el ethos científico ya no se corresponde con las tradicionales normas `mertonianas´ de escepticismo desinteresado y puesta a disposición pública; ha quedado subordinada a los intereses de las corporaciones” [23].




REFERENCIAS:

[1] LIZCANO, E. “Ciencia e Ideología”, en Diccionario crítico de Ciencias Sociales, Madrid y México, Editorial Plaza y Valdés, 2009. (http://www.ucm.es/info/eurotheo/diccionario/C/ciencia_ideologia.htm).
[2] GARCIA BLANCA, Jesús. Bioética, biociencias y biotecnologías. Una propuesta de revisión crítica en el contexto de las relaciones de poder. Congreso Bioética y Medio Ambiente. Universidad de La Habana, 13-15 de noviembre, 2003.
[3] COMTE, August. Catecismo de la Religión Positiva. Londres, John Chapman, 1858
(http://books.google.es/books?id=FaMNAAAAYAAJ&printsec=frontcover&source=gbs_ge_summary_r&cad=0#v=onepage&q&f=false).
[4] http://www.businessdictionary.com/definition/scientific-knowledge.html
[5] LIZCANO, Emmanuel. “La ciencia, ese mito moderno”, en Claves de razón práctica, nº 32, 1993, pp. 66-70.
[6] http://www.filosofia.org/enc/dfc/conocimi.htm
[7] http://sociologiac.net/biblio/Bachelard_ConocimientoC.pdf
[8] http://grupobunge.wordpress.com/2006/09/16/conocimiento-ordinario-y-cientifico/
[9] http://www.alipso.com/monografias/laciencia2_otra_vez /
[10] OMNÉS, Roland. Filosofía de la ciencia contemporánea. Barcelona, Idea books, 2000. pp. 201 y ss.
[11] RAMIREZ SALINAS, L. A. “El anarquismo epistemológico”, 2002 (www.rmg.com.py). RAMIREZ, Oscar V. “El proceso kafkiano a la ciencia y la razón de P. K. Feyerabend”. Jornades de Foment de la Investigació. Universitat Jaume I. (http://www.uji.es/bin/publ/edicions/jfi5/ciencia.pdf)
[12] BROWN, Harold I. La nueva teoría de la ciencia. Madrid, Tecnos, 1983. p. 204.
[13] BROWN, Harold I. op. Cit. p. 200.
[14] Transcripción de su intervención en la mesa redonda “Ciencia: pro y contra”, celebrada el 15 de noviembre de 1994 en la Facultad de Biología de la Universidad de Barcelona, Archipiélago, 20, primavera de 1995, pp. 75-83.
[15] http://es.wikipedia.org/wiki/Dogma
[16] BUNGE, Mario. La ciencia. Su método y su filosofía. Buenos Aires, Ed. Sudamericana, 1998 (http://www.linksole.com/da443i).
[17] LIZCANO, Enmanuel. Metáforas que nos piensan. Sobre ciencia, democracia y otras poderosas ficciones. Traficantes de Sueños y Ediciones Bajo Cero, 2006 (http://traficantes.net/index.php/trafis/editorial/catalogo/otras/metaforas_que_nos_piensan).
[18] GUÈNON, René. El reino de la cantidad y los signos de los tiempos. Barcelona, Paidós, 1997, p. 68.
[19] GUÉNON, René. Op. Cit. p. 66.
[20] SABATO, Ernesto. Hombres y engranajes. Madrid, Alianza Editorial, 1980.
[21] GUÉNON, René. Op. Cit. p. 59.
[22] GUÉNON, René. Op. Cit.
[23] BAUER, H.H. “Science in the 21st Century: Knoledge Monopolies and Research Cartels”. Journal of Scientific Exploration, Vol. 18. Nº 4, pp. 643-660, 2004.


Jesús García Blanca

Extractos de la comunicación presentada en el Congreso SIDA – Conocimiento y Dogma Condiciones de surgimiento y declive de las teorías científicas, 16/17 de julio 2010, Viena, Austria.

jueves, 19 de junio de 2014

Contra el Sistema Médico-Educativo

Los que llevamos muchos años en las trincheras de la lucha social sabemos muy bien que los bandos en liza son fundamentalmente dos: los de Arriba y los de abajo, y por tanto que las múltiples batallas en las que nos embarcamos forman todas -de un modo u otro- parte de una guerra única, la de los de abajo contra los de Arriba.


Como es evidente que esa guerra de resistencia se prolonga desde hace -pongamos- diez mil años, a algunos nos parece que a efectos de agitar la rebelión, más que explicar por qué mandan los de Arriba, lo que hay que hacer es preguntarse por qué obedecen los de abajo.

La Boétie lo planteaba así:
  
“¿qué es ese monstruoso vicio que no merece siquiera el nombre de cobardía, que carece de toda expresión hablada o escrita, del que reniega la naturaleza y que la lengua se niega siquiera a nombrar? Sin embargo, si un país no consintiera dejarse caer en la servidumbre, el tirano se desmoronaría por sí sólo, sin que haya que luchar contra él, ni defenderse de él. La cuestión no reside en quitarle nada, sino tan sólo en no darle nada”.

La Psicología de Masas –una de las más importantes aportaciones de Wilhelm Reich a esta guerra de guerrillas contra los de Arriba- constituye una herramienta fundamental para entender, no ya fenómenos tan aparentemente misteriosos como la guerra o el ascenso al poder de líderes autoritarios como Hitler, sino la estrategia de fondo del Poder en las últimas décadas que Reich no pudo ya contemplar.

Corría el año 1933 cuando Wilhelm Reich se lanzó a analizar el fenómeno de la victoria del fascismo partiendo de una pregunta: “¿qué entorpece la conciencia de responsabilidad en la gente?”. Dicho de otro modo: es fácil explicar por qué roba un hambriento o por qué un obrero explotado va la huelga. Lo difícil es explicar por que no roban todos los hambrientos o por qué no van a la huelga todos los obreros explotados.

POR QUÉ SOMOS IDIOTAS

La respuesta de Reich es tan simple como rotunda: “Todo orden social produce en la masa de sus componentes las estructuras de carácter que necesita para alcanzar sus fines”.

Dicho más claramente: los centros de reclusión y represión desbordan ampliamente el recinto de la cárcel: las guarderías, las escuelas, la familia autoritaria, los hospitales o los manicomios, no sólo forman parte de esa misma lógica disciplinaria, sino que constituyen una pieza clave en el origen del control.

No se trata aquí de cuestionar los conocimientos que nos trasmite el complejo aparato educativo –que no empieza ni termina en la escuela- sino de cuestionar los mecanismos que utilizan y los automatismos que implantan.

Cuando el maestro pregunta al alumno cuanto son dos más dos, lo de menos es que sepa la respuesta correcta, lo verdaderamente importante es que interiorice quién hace las preguntas y quién debe responder; quién se limita a responder cuando le preguntan y quién decide si la respuesta es o no correcta.


El resultado es una masa de ciudadanos a los que podría describirse con estas esclarecedoras palabras del propio Reich: “esclavos de noimporta quién”.

Los helenos llamaban "idiota" (ἰδιώτης) a los ciudadanos que no acudían a la asamblea y dejaban a los demás la decisión de los asuntos públicos.

Están ahí, caminan entre nosotros, trabajan junto a nosotros, compran el periódico y toman café muy cerca nuestro; sólo que en ellos ha penetrado –hasta los tuétanos- el ácido del adoctrinamiento: son incapaces de sentir, de emocionarse, de conmoverse ante el sufrimiento no diré de millones de seres humanos, para eso tendría que saber que existen, conocer sus problemas, sus necesidades... nada de eso: están aterrorizados ante la mera perspectiva de compartir, de relacionarse y vivir de verdad, de que algo que no sea la apatía y el frío utilitarismo ocupe un sólo segundo de sus vidas.

Las raíces de la dominación

Podría decirse que hay dos niveles fundamentales –con múltiples capas superpuestas- en las estrategias de dominación: el que opera en la superficie y el que lo hace en las profundidades.

En los niveles superficiales los cambios son constantes y el contexto es el presente; en los niveles profundos por el contrario se mantienen las estructuras y el contexto es el pasado, el pasado de cada cual, las raíces, los automatismos arcaicos...

Cuanto más se profundiza en las capas de esclavitud más se cierra el círculo de los rebeldes: cuanto más atrás en el aprendizaje de la esclavitud, menos capaces de reconocerlo, de desmadejarlo, de desenmascararlo, de oponerse a sus efectos.

En correspondencia, podemos igualmente distinguir dos niveles de desobediencia. En la superficie existe una desobediencia puntual que cuestiona productos ocasionales de las sucesivas élites que usan el poder: leyes injustas, medios de comunicación de masas...


A medida que se profundiza, se tensa la dialéctica del poder: el sistema está concebido para aceptar un cierto nivel de cuestionamiento –aún más: esa contestación puntual es parte del mecanismo de acción del poder.

Pero llega un punto en el que saltan las alarmas: es entonces cuando nos hallamos en el segundo nivel, en las profundidades de la infamia, en las simas de la esclavitud automática. Ahí, la desobediencia radical cuestiona elementos centrales de la dinámica del poder: jardines de infancia, hábitos de crianza...

contra el sistema médico-educativo

La guerra contra los de Arriba debe desplazarse hacia el sabotaje de los mecanismos de adoctrinamiento. En lugar de afanarnos en apabullante desventaja contra los resultados de la manipulación, es decir, la idiotez, dediquémonos a minar los instrumentos de manipulación para sabotear los resultados.

Eso significa empezar a cuestionar de raíz el sistema médico-educativo. Y no hablo de defender la "Sanidad Pública" o la "Escuela Pública", sino el modelo médico dominante y el modelo educativo dominante, ambos con los mismos objetivos finales: domesticar al ser humano.


Jesús García Blanca


LECTURAS ADICIONALES RECOMENDADAS:

Contra la educación. Jesús García Blanca. Charla-Debate en Plural-21. Barcelona, octubre, 2013.
Inevitable colapso del sistema sanitario. Jesús García. Discovery DSalud, 150, junio 2012
¿Qué hay tras la privatización sanitaria? Jesús García. Discovery DSalud, 159, abril 2013

sábado, 3 de noviembre de 2012

Agustín García Calvo



Hace poco más de veinte años que -en una de mis habituales incursiones a los sótanos de la hemeroteca de la Facultad de Letras de Granada- cayó en mis manos un texto de Agustín García Calvo publicado en la revista Archipiélago que por supuesto me hipnotizó inmediatamente: Contra la Paz.

Comencé entonces a buscar y devorar con fervor sus proclamas, retahílas, discursos, cartas, traducciones, tratados... y en fin todo su arsenal contra los de Arriba. Poco a poco me adentré en los recovecos más duros de su obra, incluyendo la trilogía sobre el lenguaje o el monumental Contra el Tiempo, hasta llegar a esa versión maravillosa de la Ilíada que lo acompañó durante tantos años y que conectaba con otra de mis obsesiones: el mundo antiguo, que descubrí cuando en algún remoto curso de primaria me tocó aprenderme para relatar en clase el canto XXII de la Ilíada en el que se relata el duelo de Héctor y Aquíles.

Poco después respondí a su famosa petición pública para que sus lectores le ayudaran a pagar una multa a hacienda; ese gesto trajo como consecuencia ciertas idas y venidas de cartas en relación con proyectos de información rebelde que finalmente no cuajaron. Pero sus ideas se convirtieron para mí en una referencia obligada, en un sendero de descubrimientos y consuelo intelectual.

Lo conocí una noche de 1999 en Cádiz durante un corto paseo junto al Parque Genovés tras una de sus rotundas intervenciones ante estudiantes de la Facultad de Letras. Poco después, Agustín escribió algunos textos mencionando el cuestionamiento del Montaje SIDA junto a otros ataques suyos al Modelo Médico. Un día de ese mismo año, Agustín e Isabel Escudero me llamaron para contarme que el diario El País se había negado a publicar un texto crítico suyo sobre el SIDA -conservo la carta de rechazo firmada por Javier Pradera y que me hizo llegar Agustín.

Hablé con él una última vez en 2007, cuando tuvo la paciencia de explicarme los matices que diferencian el heleno arcáico, del clásico y del que se hablaba en la época helenística, datos estos que yo necesitaba para mi novela El Segundo Río.

Y en todos esos años, sus escritos en Archipiélago, colaboraciones ocasionales e inesperadas en diarios de gran tirada que le cedían un huequito y sobre todo, sus libros, inolvidables retos a la inteligencia y a las ideas establecidas... echaré de menos al rebelde demoledor, entrañable, caótico y quizá un pelín desesperado que era Agustín.

Dejo aquí el texto que parí en el verano de 1993, recién leídos sus libros sobre los presocráticos:



Contra Agustín García Calvo

o como hablar con lo que habla a la gente que no se cuenta contra la realidad de la mentira o la mentira de la realidad, procurando estorbar un poco a los administradores de la muerte que, en nombre de estado y capital, gestionan la demotecnocracia o tecnodemocracia compuesta de masas contadas de individuos personales, clientes despilfarradores, que conducen para nada los automóviles del progreso progresado por las autovías del futuro, que es la muerte

01. Nada  d e b e r í a  existir.
02. Si se nos ocurriera por ejemplo que permitiéramos que algo existiera,  d e b e r í a  ser incognoscible.
03. Y si aún nos diéramos a la debilidad de permitir que algo existiera y fuese cognoscible,  d e b e r í a  ser incomunicable.

1. Que es que:

111. No deberíamos definir lo indefinido, que es conocer lo intemporal, que es medir lo que no se sabe, que es matar de antemano lo que tal vez hubiera podido quién sabe vivir;
112. por otra parte, tampoco deberíamos permitir que exista, contradictoriamente en el espacio y en el tiempo, lo que está ya definido porque:
1121. si pretendiéramos permitir que siempre existió no es indefinido y siempre se sabe lo que está sabido y se hace lo que está hecho que es nada;
1122. y si comenzó a existir en algún momento que pudiéramos tal vez permitir fue a partir de algo previamente definido o indefinido, algo que se sabe lo que es o que no se sabe lo que es, con lo que es fácil ver que volvemos a 1121 o 1122, osea a decir lo que ya estaba dicho que es no decir nada;
113. queda naturalmente la posibilidad de permitir que lo definido y lo indefinido eksistan a la vez, pero disponemos mal que nos pese del principio de contradicción para impedirlo convenientemente a tiempo.

121. Pero para el caso, que debería ser remoto, en que permitiéramos la existencia de Ideas, siempre serían éstas definición y nunca indefinidas, siempre serían Muerte y nunca vivas, siempre vendrían de Arriba y nunca de abajo.

131. Y aún si se pudiera Uno permitir algo de esto que no se debe permitir, no serviría para nadie más, para ningún Individuo o Persona o Cliente o masa de Ellos, porque todos y cada Uno (bien contados y definidos) costituyen (aunque haya grietas y demás errores) la Realidad, osea la Mentira, formada por el mundo en que se habla y el mundo de que se habla, y vaya a saber qué es lo que nos queda fuera; osea,  n o  vaya a saberlo.