martes, 21 de junio de 2016

Los dogmas de la ciencia moderna

Hace un año que entrevisté al bioquímico británico Rupert Sheldrake con motivo de la publicación en la editorial Kairós de su nuevo libro El espejismo de la ciencia, en el que plantea que el paradigma científico actual se basa en lo que irónicamente denomina “el credo científico”, un conjunto de ideas dogmáticas sin fundamento que a su juicio están frenando el avance de la sociedad.



Sheldrake comentaba que “la mayoría de los científicos están constreñidos por la ortodoxia académica en la que viven, que es esencialmente materialista y mecanicista” y que “actualmente todos los científicos dependen de fondos académicos o privados que limitan enormemente su libertad”. Y añadía que “el viejo consenso materialista se está rompiendo por muchas razones y hay un número cada vez mayor de científicos que están trabajando para ir más allá”.

En su libro, Sheldrake analiza lo que denomina el credo científico, diez creencias que la mayoría de los científicos dan por supuestas y que configuran la filosofía o ideología del materialismo cuyo supuesto central es que todo es esencialmente material o físico, incluso las mentes. Estos dogmas son:

1. Todo es esencialmente mecánico.
2. Toda la materia es inconsciente.
3. La cantidad total de materia y energía es siempre la misma.
4. Las leyes de la naturaleza son fijas.
5. La naturaleza carece de propósito y la evolución no tiene objetivo ni dirección.
6. Toda la herencia biológica es material y se trasmite mediante estructuras materiales.
7. Las mentes están dentro de los cráneos y no son más que actividades de los cerebros.
8. Los recuerdos se almacenan como huellas materiales en el cerebro y se borran con la muerte.
9. Los fenómenos no explicados, como la telepatía, son ilusorios.
10. La medicina mecanicista es la única que funciona.

Arrancando con un prólogo lleno de lucidez titulado Ciencia, Religión y Poder, y apoyado en más de cincuenta páginas de notas y referencias, Sheldrake dedica las más de cuatrocientas páginas de su libro a cuestionar críticamente los dogmas apuntados y desmontar las ilusiones de objetividad de una ciencia atrapada en el callejón sin salida del mecanicismo. 


“La agenda materialista una vez fue liberadora y ahora es deprimente. Quienes creen en ella están alienados de su propia experiencia; están desconectados de todas las tradiciones religiosas; y están dispuestos a sufrir la sensación de desconexión y aislamiento. Entretanto, el poder desencadenado por el conocimiento científico está provocando la extinción masiva de otras especies y poniendo en peligro la nuestra.La comprensión de que las ciencias no conocen las respuestas fundamentales conduce a la humildad y no a la arrogancia, a la apertura en lugar de al dogmatismo.Queda mucho por descubrir y redescubrir, empezando por la sabiduría”.


Reseña y entrevista:
Discovery DSalud, 184. Julio-Agosto, 2015.

Página web de Sheldrake:
http://www.sheldrake.org/


sábado, 11 de junio de 2016

Fundamentalistas científicos contra la salud

El pasado 29 de febrero, apareció en la sección de Opinión del diario de contrainformación Rebelión un artículo de Rosa Guevara Landa titulado "El lado oscuro, crematístico y criminal de las pseudociencias", en el que hace suyos los planteamientos de un colaborador pseudoescéptico del diario El País que en un reportaje-entrevista titulado "A mi hijo lo ha matado la incultura científica".

Tras mi réplica "El lado oscuro, crematístico y criminal de los gestores de la ciencia", en la misma sección de Rebelión, la autora, Rosa Guevara Landa publicó su propia respuesta, "Las ciencias, las prácticas científicas y el poder político y corporativo". Va mi segunda réplica.


Fundamentalistas científicos contra la salud
Segunda réplica a Rosa Guevara Landa

Jesús García Blanca
keffet@gmail.com

“Lo que mueve a la Ciencia no es la voluntad de saber sino la voluntad de dominar”
Humberto Galimberti

“Es precisamente esa pretensión de la ciencia de constituirse en metadiscurso verdadero por encima de las ideologías, saberes y opiniones particulares, lo que la constituye como ideología dominante […] su capacidad de persuadirnos de que no estamos siendo persuadidos, es precisamente esa mentira verdadera de la ciencia la que hace de ella la forma más potente de ideología en nuestros días: la ideología científica”.
Emmanuel Lizcano


Apreciada Rosa:

Creo sinceramente que has cometido un error. Me lo dice tu trayectoria en Rebelión. Quiero creer que has cometido un error quizá por desconocimiento, quizá por precipitación, quizá porque este no es un terreno en el que te hayas movido lo suficiente según veo en el histórico de los artículos que firmas.

Si se adopta el discurso de un determinado grupo o corriente, se está dando de una forma u otra cobertura a sus planteamientos, incluso si no se defienden de modo explícito. Y eso es lo que ocurría en tu artículo.

Hablo de los autodenominados “escépticos” que yo prefiero denominar –siguiendo a Lizcano- fundamentalistas científicos y cuyas características y pautas de actuación resumo:

Proclaman constantemente su supuesto escepticismo mientras su actitud, comportamiento e ideas lo traicionan dejando al descubierto su auténtica naturaleza de cerrado dogmatismo. 
Conceden a la ciencia el mismo estatus que una religión poseedora de la verdad absoluta fuera de la cual no existe salvación. Para ellos la Ciencia es la única vara de medir, el único camino al conocimiento.

Se consideran inmersos en una guerra santa. Su vocabulario, discurso y concepto de la realidad es de corte religioso-paranoide. Por supuesto, ellos están en el bando correcto y en posesión de la verdad frente a un enemigo que es irracional y a quien hay que combatir o convertir al precio que sea. 
Su discurso está impregnado de intolerancia, fanatismo, etnocentrismo científico y fascismo subyacente. 
No buscan la verdad sino defender lo establecido. No dudan, niegan.
Su estrategia básica es la descalificación, el ataque personal, la ridiculización y la difamación.

Su “argumentación” –cuando la hay- es una suma de falacias y prejuicios: apelación a la autoridad, a la mayoría, al consenso, al academicismo y hasta a la generalización más burda. 
Carecen de capacidad de autocrítica. Todas las cualidades que proclaman como necesarias -dudar, analizar, examinar y racionalizar- jamás las utilizan con sus propias creencias que, curiosamente, coinciden siempre con lo establecido, con los intereses del Poder.

Un campo de actividad particularmente intenso es el de la salud. Los fundamentalistas son una pieza clave de la guerra contra cualquier alternativa al modelo médico dominante y vienen desplegando una gran actividad en ese sentido: artículos en sus webs, participación en medios de comunicación, intervención en redes sociales, intentos de boicot a todo tipo de actos relacionados con las medicinas naturales...

Sin duda, Rebelión haría muy mal poniéndose de espaldas a la ciencia. Pero no es eso lo que digo que me preocupa. Lo que me preocupa es que una autora que ha demostrado en estas páginas ser una persona crítica con el poder, reproduzca de modo directo o indirecto las diatribas de grupos y personas que se amparan en la ciencia para atacar otras formas de conocimiento y en particular otros enfoques de la salud.

Y añado: no solo es que yo crea que hay científicos honestos, es que llevo treinta años apoyándome en ellos para llevar a cabo mi análisis de los mecanismos de poder en los terrenos de la salud, la educación y la ecología.

En cuanto a tu ejemplo: no, no es un invento del periódico citado, ni yo lo acuso de eso. El diario imperial simplemente repite incorrecciones, mentiras y manipulación pisoteando una regla fundamental del periodismo que es contrastar la noticia.

Así expone el caso de Mario, Julián Rodríguez, su padre, en la web de la esperpéntica Asociación para Proteger al Enfermo de TerapiasPseudocientíficas (APETP) una asociación supuestamente creada por él y que calca el discurso pseudoescéptico y pretende tipificar como delito la práctica de cualquier terapia natural y prohibir hasta el uso de términos como “medicina, curación, sanación, salud, terapia” sin estar licenciado en medicina:

“El hospital Arnau de Vilanova le hizo a Mario una propuesta coherente de sesiones de quimioterapia y trasplante de médula o sea, pero Mario estaba en una situación complicada e hizo caso a quien creía que era un médico naturista. La persona que se presentó a Mario como médico naturista convenció a este de abandonar su tratamiento en el hospital diciéndole que la quimioterapia no era efectiva y que no aguantaría más sesiones. La leucemia de Mario estaba en remisión tras la quimioterapia pero después de un tiempo en el que su único tratamiento fue el de este terapeuta, a Mario le volvió a brotar la leucemia: tuvo que ingresar de nuevo en el Arnau de Vilanova. Fue entonces cuando descubrimos que el terapeuta no era médico. Al no seguir el tratamiento en el momento adecuado la leucemia se complicó enormemente”.
 
Por su parte, el diario El País titula citando a Julián Rodríguez: “A mi hijo lo ha matado la incultura científica”. Y en entradilla, añade: “Se reabre el caso de un joven que murió tras abandonar la quimioterapia por culpa de un curandero, según denuncia su padre”. A destacar que el autor del reportaje es Javier Salas, colaborador habitual de los círculos pseudoescépticos desde el El País y otras tribunas como el diario Público o el propio Escéptico digital.

Desde el titular ya se plantea –de un modo visiblemente sensacionalista- la tesis fundamental de los falsos escépticos: la ciencia como criterio para establecer lo que es correcto y lo que no. La entradilla añade otro elemento clave: los profesionales que no aplican la medicina farmacológica son “curanderos”. Atención porque el periódico no entrecomilla esta palabra y por tanto no se trata de una cita del entrevistado, sino de una afirmación del diario. Pero la entradilla hace algo mucho más grave: acusar al “curandero” de la muerte del joven, sin mencionar por supuesto que el profesional en cuestión, José Ramón Llorente posee una licenciatura por la Universidad de Ecuador y un doctorado por la Universidad de Columbia además de una sólida formación y una larga experiencia como docente y terapeuta desde 1976.

A continuación, y abusando claramente de términos truculentos para referirse a la enfermedad de Mario como “calvario” o “martirio”, el diario mezcla inexactitudes y flagrantes mentiras que además implican al doctor citado en una desagradable situación. Dice el diario:

“Su error: abandonar el tratamiento médico de su leucemia para abrazar una pseudoterapia recomendada por un curandero que asegura ser capaz de curar el cáncer con vitaminas. El calvario de Mario duró seis terribles meses hasta que falleció en julio de 2014.Según el médico que trataba a Mario —el de verdad—, no sólo le convenció para que se negara a un trasplante y a darse la quimio, sino que le prescribió un tratamiento que interfería en su recuperación con elementos contraproducentes, como hongos y alcohol. En su martirio, a Mario hubo que intervenirle en el intestino por una infección”.

Por mi parte sí que he contrastado la noticia, y –aunque el caso está aún pendiente de juicio- puedo adelantar que en la declaración del Dr. Aurelio López Martínez, el oncólogo de Mario al que El País se refiere como “el médico de verdad” se dejan claras algunas cosas que demuestran la manipulación e incluso las mentiras que se están difundiendo interesadamente sobre el caso: El Dr. López dio el visto bueno al tratamiento recomendado por el “curandero” con la excepción de dos productos que Mario no tomó y así se refleja en su historia clínica. Esto exculpa totalmente al Dr. Llorente ya que de haber habido algo peligroso o sospechoso en esas recomendaciones parece lógico suponer que su oncólogo no lo hubiera aprobado e incluso hubiese tenido la obligación de denunciarlo.

El expediente judicial incluye asimismo un escrito firmado por el Jefe del Servicio de Inspección de Servicios Sanitarios de la Generalitat Valenciana en el que certifica que no hay constancia de que el Dr. José Ramón Llorente incitase al abandono de la propuesta hospitalaria. Lo que sí sabemos, y parece razonable que jugara un importante papel en la decisión de Mario es que tenía un hermano pequeño que padecía leucemia y que murió a pesar de haber seguido el tratamiento a base de quimioterapia que le prescribieron sus médicos.

Conste que no creo que cualquier cosa sea válida y menos aún en el campo de la salud y de su cuidado y prevención, pero teniendo en cuenta el evidente fracaso de una medicina que se autodenomina científica mientras mantiene su alianza con una industria que pisotea los más elementales criterios del método científico controlando toda la cadena –investigación, publicación, autorizaciones de agencias, formación e información de masas- para que sirva a los fines económicos de unos y académicos de otros, teniendo en cuenta la innegable catástrofe sanitaria que esto viene provocando y teniendo presente las enormes posibilidades de numerosas disciplinas y técnicas alternativas honestas, eficaces y seguras, esta lucha contra ellas es una guerra contra nuestra propia salud.


jueves, 2 de junio de 2016

Contra los extremistas científicos

¿Cómo es posible que tantos grandes medios de comunicación den cabida y crédito a cualquier ignorante indocumentado sin formación universitaria ni estudios científicos que en el ámbito de la salud pontifique sobre lo que es o no correcto, científico y admisible?

¿Cómo asumen acríticamente que puede tacharse de "curandero" o "estafador" a todo profesional de la salud -médicos incluidos- que utilice terapias, métodos o productos no convencionales cuando los mismos están avalados hasta por la propia Organización Mundial de la Salud (OMS), el Parlamento Europeo y el Consejo de Europa?

¿Qué clase de majaderos se ocupan hoy en ellos de la "información" sobre salud y asumen que son aceptables la calumnia, la injuria, la difamación y el desprestigio personal y profesional de personas manifiestamente preparadas y honestas?

En España la Asociación Nacional de Informadores de la Salud (ANIS) reúne a casi 600 periodistas especializados en el tema que llevan a cabo su labor en todo tipo de soportes -agencias de prensa, periódicos, revistas, radio, televisión e Internet- aglutinando también a representantes de la comunicación de servicios y centros sanitarios, instituciones, entidades, empresas sanitarias y gabinetes de comunicación. Pues bien, sus “socios protectores” -así lo define la propia entidad- son los laboratorios farmacéuticos Pfizer, Janssen, Roche y Abbvie además del lobby más potente de la industria alimentaria: la Federación de Industrias de Alimentación y Bebidas (FIAB). Estando en calidad de “socios colaboradores” Farmaindustria -la patronal farmacéutica española-, la multinacional Merck Sharp & Dohne, el grupo médico privado Eresa y un grupo proveedor de servicios médicos de atención domiciliaria, Oximesa, que fue recientemente absorbido por uno de las mayores multinacionales proveedoras de gases industriales: Praxair.



Los pseudoescépticos hablan hasta de crear una especie de ejército de "cruzados de la ciencia" y “escuelas de pacientes” en las que adoctrinar a los enfermos sobre lo que deben o no hacer con su salud y a quienes deben o no acudir para ello. Siendo ellos obviamente quienes tal cosa decidirían. Es decir, se hallan en las antípodas de las múltiples propuestas e iniciativas actuales de autogestión con las que se pretende generar responsabilidad y dar a los enfermos capacidad real para que puedan tomar libremente las decisiones que les parezcan oportunas en relación a su salud. Son en suma fanáticos que quieren impedir que la gente se informe de forma libre y plural y luego decida sobre su propia vida.

Pretenden que los enfermos sean borregos dispuestos a ponerse en manos "de los que saben" aunque hoy esté constatado que se desconoce la causa de la inmensa mayoría de las llamadas enfermedades y por tanto los médicos no pueden prevenirlas ni curarlas con las informaciones y protocolos oficiales de tratamiento que se les han impuesto (al menos en los servicios públicos del sistema sanitario). En todo el mundo. La pintoresca Asociación para proteger al enfermo de terapias pseudocientíficas (APETP) hasta propone establecer un premio para los pacientes más obedientes. ¿Cabe mayor desfachatez?



Hablamos en suma de propuestas esperpénticas que se añaden a la de que se considere delito -como antes adelantamos- “cualquier actividad y publicidad de terapias que se presenten como curativas sin serlo y que no estén experimentadas bajo criterios científicos”. Y por si fuera poco añaden en su web esta "perla" de lo que quieren conseguir: "Que las palabras medicina, curación, sanación, salud, terapia (o cualquier otra expresión que pueda hacer creer a un enfermo que está ante un profesional de la salud) no puedan ser empleadas si quien se anuncia no tiene una titulación oficial de médico ni sigue métodos de curación elaborados bajo criterios científicos”.

En pocas palabras, quieren demonizar y criminalizar a todo profesional de la salud que practique cualquier disciplina terapéutica no médica del más centenar que existen y hoy ejercen cientos de miles de profesionales en todo el mundo. Exigen que el tratamiento de los problemas de salud sea en exclusiva para los médicos formados en las facultades de Medicina; sin duda porque saben que sus planes de estudio los han desarrollado los laboratorios farmacéuticos con la complicidad de sus testaferros en las universidades y los ministerios de Educación y Sanidad. ¿Que ni siquiera la OMS -y eso que está controlada hoy por la gran industria- avala tamañas sandeces y avala lo que ellos demonizan? Les da igual. ¡Qué sabrá la OMS! ¡Son ellos quienes están en posesión de la verdad!


Jesús García Blanca
Campaña de desprestigio contra todo profesional que no se someta al modelo médico imperante
Discovery DSalud, 194. Junio 2016.

viernes, 20 de mayo de 2016

Cursos de Salud, Educación y Ecología

Desde la publicación del libro Vacunas: una reflexión crítica, que escribí mano a mano con el Dr. Enric Costa Vercher, he recibido numerosas invitaciones para presentarlo o para hablar sobre los temas de fondo de este y otros libros que he venido publicando: Barcelona, Murcia, Yecla, Villena, Córdoba, Almería, Jerez, León, Lugo, Coruña, Santiago, Ferroll, Pontevedra... 

He acudido a todos los que he podido -en algunos casos, acompañado del Dr. Costa- y en todas las ocasiones sucede lo mismo: el tiempo se hace corto, la gente quiere saber más, profundizar, debatir, plantear dudas, compartir ideas... 

En algunos sitios he impartido cursos para profundizar y compartir los resultados de una investigación que ya se acerca a los 22 años, y ahora que las peticiones continúan he decidido organizar los temas y plantearlos en un formato flexible de cuatro cursos que abarcan los principales temas de salud, educación y ecología sobre los que vengo reflexionando y escribiendo.

Quien esté interesado en organizarlos y ofrecerlos puede escribirme para concretar detalles al siguiente correo electrónico: keffet [arroba] gmail.com



jueves, 28 de abril de 2016

Desmontando el caso Olot

Por tratarse de un caso especialmente mediático pero también extraordinariamente clarificador, reproduzco aquí en varias entregas, con permiso de nuestro editor, el capítulo 5 de la Primera parte del libro Vacunas: una reflexión crítica (Madrid, Ediciones i, Dr. Enric Costa Vercher y Jesús García Blanca). Animo especialmente en este caso a hacer comentarios críticos y a compartir reflexiones o preguntas en el grupo de facebook creado hace unos meses para debatir sobre el libro: Grupo de debate sobre libros.




Desmontando el caso Olot

(1) Difteria: un nombre maldito para una enfermedad común y corriente.

De todas las nuevas vacunas antibacterianas que nos hemos puesto los ciudadanos actuales del tercer milenio, vamos a tomar la de la difteria como ejemplo de todas ellas; pero informando al lector de que su historia y la información que aportaremos, es semejante a la de todas las demás, es decir, todas las vacunas para prevenirnos de infecciones bacterianas tienen, como decimos, la misma historia científica, la misma historia mediática y comercial.


(2) El lenguaje como creador y transformador de realidad.

La difteria pasó a llamarse amigdalitis aguda en placas (estrepto o estafilococcica) se trató con amigdalectomía y antibióticos y desapareciendo el terrible nombre de Difteria… y cambiando el nombre… desapareció la terrible e histórica enfermedad. Fue un cambio de nombre que, casualmente, tuvo su efecto favorable sobre la salud de los españoles, los cuales no volvieron a padecer la difteria y a recibir peligrosos sueros antidiftéricos desde los años sesenta, desde que se cambió de nombre a la enfermedad y, por tanto, cambió su tratamiento… y hasta ahora.


(3) El hechizo de la palabra en sentido inverso. Olot 2015.

El foco de infección provenía de varias personas del entorno del niño que estaban vacunados; les llamaron portadores sanos y explicaron que éstos vacunados habían transmitido el bacilo asesino al niño no vacunado. Llegados a esta conclusión volvieron a cargar, en todos los medios de comunicación, contra los irresponsables padres que no vacunan a sus hijos.


(4) La inocencia de los que no se vacunan. La falacia de la inmunidad de rebaño.

A los no vacunados, se les puede tachar, desde el punto de vista del sistema oficial, de ilusos, de masoquistas, de hippies, de temerarios, de irresponsables…  pero ha quedado bien claro que no se les puede acusar de ser un peligro para los demás ciudadanos que están vacunados, puesto que éstos son portadores sanos que pueden infectar y además, según la doctrina oficial, no pueden ser infectados: ¿qué peligro les acecha entonces?



(5) El test de la verdad: la última palabra de la ciencia.

Pedimos atención especial al lector porque en las reflexiones sobre esta prueba diagnóstica, este test moderno que es el único método objetivo y aceptado por el sistema oficial, capaz de hacer un diagnóstico diferencial correcto entre unas anginas y una difteria, encontrará la respuesta a toda la realidad de la historia de las vacunas; ahora que estamos llegando al final de la película va a descubrir la verdad.


(6) Historias de toda una vida... que no eran verdad.

¿Con qué grado de objetividad científica puede afirmar una estadística del ministerio de sanidad, como la que hemos mostrado, que en el año cuarenta había muchos casos de difteria y que en los setenta ya no había difteria en España, si ni en primera fecha, ni en la segunda se había aplicado el test infalible que distingue, según la doctrina médica de última hora, a la amigdalitis aguda de la difteria?


Más información:

Presentación del libro en Barcelona
Entrevista con el Dr. Enric Costa


viernes, 22 de abril de 2016

Desmontando el caso Olot (y 6)

Por tratarse de un caso especialmente mediático pero también extraordinariamente clarificador, reproduzco aquí en varias entregas, con permiso de nuestro editor, el capítulo 5 de la Primera parte del libro Vacunas: una reflexión crítica (Madrid, Ediciones i, Dr. Enric Costa Vercher y Jesús García Blanca). Animo especialmente en este caso a hacer comentarios críticos y a compartir reflexiones o preguntas en el grupo de facebook creado hace unos meses para debatir sobre el libro: Grupo de debate sobre libros.


(6) Historias de toda una vida… que no eran verdad


Llegados a este punto,  la propia información oficial del caso de Olot, todavía ofrece un punto de reflexión y unos detalles que si los analizamos con sentido racional seguramente llegaremos junto con el lector, a unas conclusiones que van a desvelar que toda esta larga película de las vacunas y de los microbios, de epidemias y sueros salvadores y de microbios asesinos… han sido historias de nuestra vida que resultaron no ser verdad. Veamos:

Sabemos que sólo hay un método científico y seguro para saber si hay difteria, según los propios técnicos del sistema oficial. Este método nuevo es capaz de diagnosticar la difteria y de distinguirla claramente de una amigdalitis, es el test PCR con menos de diez años en el mercado.

Con estos datos y estas fechas… y con la ayuda de nuestro mejor aliado, el implacable tiempo… ahora que estamos al final de la película y podemos ver a todos los actores, podemos preguntarnos con sentido lógico…

¿Con qué grado de objetividad científica puede afirmar una estadística del ministerio de sanidad, como la que hemos mostrado, que en el año cuarenta había muchos casos de difteria y que en los setenta ya no había difteria en España, si ni en primera fecha, ni en la segunda se había aplicado el test infalible que distingue, según la doctrina médica de última hora, a la amigdalitis aguda de la difteria?

¿Cómo fue hecho el diagnostico diferencial en ese periodo, si faltaban 50 años para que inventasen el test?  ¿a ojo de buen cubero?… ¿o a base de ojo clínico… como Schneider?

¿Y cómo fue hecho ese diagnóstico diferencial en tiempos de Lóffler (1880) y a principios del siglo veinte, cuando la prensa anunciaba epidemias de difteria por todas partes y predicaba y aplicaba sueros antidiftéricos?


¿Qué fue en realidad aquella famosa epidemia de difteria de Alaska, mil veces narrada y cinematografiada, que nos dejó boquiabiertos a todos los ciudadanos y convencidos de la “divina” bondad y de la necesidad imprescindible de los sueros antidiftéricos?[1]

¿Cómo distinguían en aquellos tiempos las amigdalitis con placas de la verdadera difteria?... Faltaban setenta años para que apareciera la prueba analítica infalible, el test determinante de la PCR que se empezó a utilizar en microbiología después del año 2000 y que descubrió que en Olot hay varios casos de difteria cuando se pensaba que en España llevábamos treinta años sin ella…

Algún lector enterado en microbiología, para responder a esta última pregunta, podrá intentar explicar que a principios de siglo veinte, ya se podían lograr cultivos bacterianos y que con esos cultivos se podía detectar la presencia del bacilo diftérico en las gargantas de los amigdalíticos. Ante esta explicación hay que decir lo que ya hemos explicado antes: todos los ciudadanos normales tenemos los cuatro tipos de especies de bacilo diftérico, viviendo con nosotros, sin causarnos el menor daño. Por eso no sirven los cultivos como diagnóstico, puesto que siempre daría positivo.

Esa es la causa de la reciente introducción de ese nuevo test de la PCR que según la opinión oficial es la única prueba que juzga el diagnóstico diferencial entre amigdalitis y difteria… pero… llega ciento cincuenta años tarde… durante todo este tiempo… durante toda la larga película han habido mil epidemias anunciadas oficialmente, se han administrado toneladas de suero antidiftérico, se ha vacunado a millones de personas, se han escrito leyes y libros, se han contado leyendas y se han hecho películas que nos han llenado a todos de terror ante el microbio cruel y hostil y luego nos han devuelto la esperanza con sus productos salvadores… y resulta que si hilamos bien los hilos de la realidad real… la verdad es que tan sólo desde hace unos diez años… se puede verdaderamente y científicamente saber si un enfermo con amigdalitis (anginas)… tiene o no tiene difteria. Resulta que en esta película, ahora que estamos al final, estamos descubriendo que todo era mentira: los microbios no eran enemigos sino amigos, no eran alienígenas sino propios, ahora sabemos que las primeras vacunas no podían proteger de nada sino que eran altamente peligrosas; las epidemias históricas que nos han contado cuyos nombres nos llenaban de terror… ahora sabemos, que no podían tener nombre, porque los test que se lo podían poner, faltaban décadas para que fuesen creados… ahora sabemos que los gráficos y estadísticas históricas y oficiales no tenían un criterio objetivo para poder tener realidad…

¿No tiene el lector la impresión de que nos han engañado a todos? ¿De que todas esas historias que hemos escuchado de terror y de muerte han estado trucadas para justificar la necesidad y conveniencia de vacunarnos? ¿No tiene la impresión de que nos han contado una película de terror, para crearnos una necesidad que nunca tuvimos?

El análisis del caso de Olot junto a la información oficial que lo acompaña, curiosamente, debe conducir al lector a la conclusión lógica y decepcionante de que toda la leyenda de la difteria, ha sido una farsa para vender vacunas haciendo pasar una afección aguda de garganta y muy frecuente: la faringo-amigdalitis febril con placas que es un cuadro común, corriente y fácilmente tratable en un ambiente favorable, bien atendido y sin miseria… por una enfermedad causada por un alienígena asesino, el bacilo de la difteria,  una enfermedad con fama de mortífera, de terrible… y que los médicos industriales afirman que sin sueros o vacunas produce la muerte. 

Pero ha pasado mucho tiempo y una mentira no puede vivir eternamente y este caso de falsa difteria en España ha desvelado las falsedades y contradicciones que tiene la teoría de la infección de la difteria.

Las estadísticas que nos han presentado todos estos años, el relato de las vidas que se salvaron históricamente gracias a los sueros… todo era mentira… era mentira que existiera un bacilo alienígena porque es endémico… era mentira que nos podíamos infectar unos a otros porque todos los tenemos…era mentira que los sueros antidiftéricos curaran porque son peligrosísimos… todo era falso, todo estaba manipulado, los datos eran imaginarios… y todo estaba hecho para hacernos creer a los ciudadanos que no éramos autosuficientes, que había peligros terribles que podían matarnos porque superaban con creces nuestra capacidad vital de enfrentarlos y vencerlos… y que por eso…necesitábamos desesperadamente de su sabia protección, de su poder demiúrgico, de su bondad y de su desinterés por la ganancia, de sus inventos, de sus nuevas medicaciones y de sus “milagrosas” vacunas.


La existencia de la difteria es, en realidad, un problema del lenguaje que se utiliza, es una cuestión de entender la naturaleza de los fenómenos y de utilizar una palabra u otra, de nombrar a un mismo fenómeno con uno u otro nombre.

Si encuentras un médico que entienda que tu cuadro es una amigdalitis aguda, unas anginas, y que tus bacilos son amigos…estás salvado. Si te encuentras a otro y te dice que lo que tienes es difteria y que hay que neutralizar las toxinas de unos bacilos enemigos que hay en tu interior… prepárate a recibir una dosis importante de antibióticos y de suero de caballo y a sobrevivir a la prueba… Según el nombre con el que el médico designe a la enfermedad… está la clave del pronóstico y del destino del paciente. Pero eso no cambia la verdadera naturaleza del cuadro que presentas… es el mismo.

Como hemos dicho al principio de este capítulo, el caso de la historia de la difteria es totalmente equivalente al de cualquiera de las enfermedades infecciosas históricas y altamente publicitadas e introducidas en el consciente colectivo de los ciudadanos, como la tos ferina, el tétanos, el cólera, la neumonía, la meningitis… etc. Todas ellas fueron desapareciendo del mapa a partir de los años sesenta y aunque el sistema oficial y su propaganda anunciaba que esa desaparición era efecto innegable de la vacunación masiva, el lector ya sabe que fue un efecto lingüístico… se les cambió de nombre y, como ocurrió con la difteria, desaparecieron del mapa… y si se les vuelve a nombrar pueden hacerse reales[2].

Todas ellas requieren del moderno test o prueba de la PCR para ser diagnosticadas, puesto que todos, sanos y enfermos, poseemos a los bacilos (neumococo, meningococo y otros muchos cocos más) que fueron acusados de producir esas enfermedades en la historia de las epidemias y de las infecciones. Y en todos los casos de las demás enfermedades infecciosas atribuidas a nuestros propios gérmenes…  tampoco hay respuesta a las mismas preguntas lógicas:

¿Como se podía saber en los años 50 que se había declarado una epidemia de tos ferina, o de neumonía infecciosa… sin el test que aparecería casi 50 años después?.... ¿Con qué bases de datos se han elaborado todos los gráficos y estadísticas oficiales que nos han acompañado durante todos estos años?.... ¿Quien ponía nombre a las enfermedades y cual era su criterio y su método objetivo?... No hay respuesta oficial… pero el lector tiene elementos suficientes para hacerse una idea más real sobre esta historia y esta cultura de la paranoia que todos llevamos dentro.


Creemos que con esta información, el lector, debe tener claro en virtud de su reflexión las siguientes realidades sobre la teoría de la infección, las vacunas y nuestros gérmenes:

1º. Que nuestros gérmenes no son alienígenos sino que son simbiontes, incluso muchos de ellos son endemismos de la especie humana y no se encuentran en otro hábitat. ¿Cómo es posible, pues, la infección por gérmenes alienígenas?

2º. Que todos los bacilos que habían sido identificados como únicos culpables, con DNI personal y exclusivo: vibrión colérico, bacillum difteriae, bordetella pertusis… en realidad, no son ni únicos, ni extranjeros, ni culpables de nada… sino que son indispensables para mantener nuestro equilibrio orgánico.
3º. Que los históricos padres de las vacunas “salvaron “a la humanidad con unas vacunas que, en la actualidad, si alguien las administrara sería acusado de intento de homicidio. Pero que entonces no les pasó nada porque los cobayas humanos que fueron sacrificados en nombre de la ciencia no tenían derechos y, sin embargo, ellos tenían toda la impunidad que les daba el Progreso. Esa impunidad y el apoyo incondicional de la prensa hicieron posible la permanencia de esas vacunas primitivas hasta los años cuarenta del siglo pasado.
4º. Que los avances en medicina de la mitad del siglo pasado que revelaban la naturaleza benéfica y la relación de simbiosis de nuestros gérmenes, en lugar de ser una buena noticia que hubiera puesto fin a la paranoia… no fue bien acogida esta novedosa realidad entre la clase académica, política y mediática. Puesto que contradecía la visión belicista que se había seguido… después de tantos años… todos estábamos implicados.
5º. Como ya no se podía sostener que nuestros gérmenes que están presentes en  todos nosotros en estado de salud y de enfermedad… indistintamente, fuesen los causantes de las enfermedades de las que se les acusaba... Para mantener toda la historia admitieron que nuestros bacilos son buenos… pero si les ataca un virus… se vuelven malos como antes y, por tanto sigue siendo necesaria la vacuna.
6º. Que después de toda esta larga historia de la cultura de la paranoia que se nos ha metido en el seno de nuestra existencia, que nos ha llevado a manipular nuestros cuerpos y los de nuestros hijos para protegerles de tantas epidemia históricas, cinematográficas y novelescas… resulta que sólo podemos saber que verdaderamente fueron… lo que fuesen… desde hace diez años gracias al último test de la verdad… aunque conforme han transcurrido las cosas, sería mucho más apropiado llamarle el test de la mentira.



[1] El Dr. González, en su libro en defensa de las vacunas, también confiesa que esta historia de Alaska le impresionó en la infancia, tanto, que nos la vuelve a contar por si hubiese alguien que no la conociera. Esa historia y sus diversas versiones cinematográficas impresionó a todo el mundo, todos nos quedamos asombrados del valor y el sacrificio de los salvadores que llevaban el suero y finalmente nos relajamos cuando vimos que la gente, por la acción del suero se curaban… y todos quedamos convencidos de la bondad de los sueros, de las vacunas y de la ciencia médica que nos protegía de los gérmenes… pero ahora el lector tiene información para saber que en aquel tiempo (1924)… faltaban mas de 70 años para que apareciera el test que permitiría diferenciar, sin ninguna duda, unas anginas con fiebre no diftéricas de otras diftéricas… entonces… ¿Cómo sabían que era una epidemia de difteria? Las amigdalitis son frecuentes en invierno… ¿por qué alguien decidió, ese año de 1924, que las anginas de ese invierno iban a ser diftéricas?... ¿por qué se radió a todo el mundo explicando lo terrible que era la difteria y lo buenos que eran los sueros?... si no se podía saber si era difteria… Faltaban más de 80 años para que apareciera el test de la verdad… y no existía forma objetiva o científica de saberlo.
Pero si informamos al lector que en el año anterior, 1923, se había creado en la Fundación Pasteur la segunda generación de sueros antidiftéricos que son, mas o menos, los que se han mantenido en el mercado hasta ahora… quizá con esta información comprenda con mayor facilidad, lo oportuna que fue esta historia impresionante y transmitida a todo el mundo para los intereses comerciales de la industria de los sueros que multiplicó la producción y la venta por todo el mundo. Pero toda esa historia, las que les siguieron, la cantidad de películas que nos han convencido de la realidad paranoica… eran historias que no eran verdad… Como símbolo de la poca verdad de esas historias ha quedado el monumento al perro guía de esa expedición salvadora erigido en el Hide Park de Nueva York… el Dr. González nos cuenta que el perrito que está allí representado no es el verdadero… está suplantado por otro; hasta el recuerdo escultórico es una historia impresionante y emotiva… pero que no es verdad.
[2] Los cuadros, por ejemplo, de la terrible tos ferina que habían sido frecuentes en las posguerras europeas, a partir de los años cincuenta, se empezaron a llamar “bronquitis agudas”, “bronquiolitis del lactante”, “bronquitis asmática”, “traqueitis aguda”… Estos cuadros son tratados por la medicina moderna con antibióticos, broncodilatadores y oxígeno con relativa facilidad… pero en los años cuarenta eran  mortales y se atribuían al microbio pasteurella pertusis. Los cuadros de cólera morbo histórico pasaron a llamarse: “gastroenteritis”, “colítis aguda”, “disentería” o “diarrea coleriforme”… y desapareció el cólera. Las neumonías infecciosas por el neumococo pasaron a llamarse “neumonías agudas”, “neumonías víricas”, “neumonías tóxicas”… cambiaron los terribles nombres históricos y desaparecieron las enfermedades infecciosas. 


Desmontando el caso Olot
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(5) El test de la verdad: la última palabra de la ciencia.

jueves, 21 de abril de 2016

Desmontando el caso Olot (5)

Por tratarse de un caso especialmente mediático pero también extraordinariamente clarificador, reproduzco aquí en varias entregas, con permiso de nuestro editor, el capítulo 5 de la Primera parte del libro Vacunas: una reflexión crítica (Madrid, Ediciones i, Dr. Enric Costa Vercher y Jesús García Blanca). Animo especialmente en este caso a hacer comentarios críticos y a compartir reflexiones o preguntas en el grupo de facebook creado hace unos meses para debatir sobre el libro: Grupo de debate sobre libros.


(5) El test de la verdad:
La última palabra de la ciencia


Vamos a presentar al lector un “personaje” nuevo en esta larga historia médico industrial. Otra vez se trata de un invento tecnológico, un producto de nuestra biotecnología de última generación que según la comunidad médica oficial es capaz de diagnosticar, sin ninguna duda, y distinguir una amigdalitis aguda con placas común de otra amigdalitis diftérica; y aunque nosotros afirmamos que son la misma enfermedad con distinto nombre… en la actualidad existe un test que parece querer insistir en que son dos enfermedades distintas. Este test es de tan reciente creación y utilización (7 años) que es totalmente desconocido por la mayoría de médicos en activo y que hemos sabido de él y de su existencia gracias al confuso caso de difteria en Olot.

Pedimos atención especial al lector porque en las reflexiones sobre esta prueba diagnóstica, este test moderno que es el único método objetivo y aceptado por el sistema oficial, capaz de hacer un diagnóstico diferencial correcto entre unas anginas y una difteria, encontrará la respuesta a toda la realidad de la historia de las vacunas; ahora que estamos llegando al final de la película va a descubrir la verdad. Veamos:

Diversos medios que han informado sobre el caso del niño de Olot, han dicho que el niño ingresó en el centro médico con un cuadro de faringo-amigdalitis con placas y fiebre alta (anginas) y que a un médico (cuyos antepasados habían sido supuestamente atacados por el bacilo de la difteria, hace unos sesenta años) se le ocurrió la idea de que ese cuadro faríngeo de anginas con placas y con fiebre podría ser difteria.

Como no hay manera de poder diferenciar un cuadro patológico de difteria de un cuadro de amigdalitis aguda (anginas) clínicamente, es decir, por los síntomas que presenta el enfermo… Pensamos que este colega, que sospechaba de le presencia de difteria, ante lo extraño que podría resultar el caso, y para asegurarse del diagnóstico de difteria, que era lo que le apuntaba su extraordinario ojo clínico, se le ocurrió hacer una prueba analítica y no meter la pata y no dar la nota en un país donde no había habido ningún caso en treinta años. Y para asegurarse bien pidió un test de difteria que se realizó en Madrid en el Centro Nacional de Microbiología. Este test de diagnóstico parece ser, según la última opinión médica oficial, la prueba definitiva que decide el diagnóstico diferencial entre los cuadros de anginas y distingue, claramente, las anginas que son de origen diftérico de las anginas digamos “corrientes”.


Este moderno test se basa en la PCR (reacción en cadena de la polimerasa), una prueba de biología molecular complicada, descubierta en 1993; que sólo se realiza en centros altamente equipados  desde hace pocos años, concretamente en España se puede realizar ese test en el Instituto de Salud Carlos III y desde el año 2007. Estos datos cronológicos tienen mucha importancia para las reflexiones que vamos a proponer al lector en las próximas líneas.

El resultado positivo del test realizado por la Dra. Silvia Herrera en Madrid, hizo seguramente gritar… ¡Bingo!..  al médico alemán Schneider que había llevado el caso desde el principio; no son de extrañar sus saltos de alegría y regocijo, puesto que contando sólo con su olfato y ojo clínico había conseguido detectar y descubrir el único caso de difteria desde hacía treinta años en España, un país de más de cuarenta millones de habitantes… el lector debe tener en cuenta para admirar el talento intuitivo del médico… que éste tenia una oportunidad entre varios cientos de millones en estos treinta años… y acertó.

No me dirá el lector que no es un caso absolutamente impresionante de ojo clínico y de clarividencia extraordinaria, casi, casi divina… pues bien, este personaje que podríamos calificar sin duda de extraordinario, fue el médico que atendió al niño que venía con una faringo-amigdalitis aguda febril, es decir, unas anginas agudas; si le hubiera atendido otro médico español… uno normalito… es completamente improbable que hubiera pensado en una difteria; puesto que desde los años setenta se da por desaparecida y, desde entonces, en las facultades españolas nos entrenan a los médicos a tratar los cuadros de anginas con placas como tales; nadie piensa en la difteria y, por eso, a nadie se le ocurría pedir un cultivo de bacterias… y como el test era algo del futuro.. tampoco nadie ha pedido esos test nunca. Y como nunca se han pedido porque no habían sido creados todavía y, por tanto, no conocíamos de su existencia… no podía haber casos de difteria en España.

Durante los últimos cuarenta años, los médicos europeos actuales, no piensan en la difteria ante los miles de casos de amigdalitis aguda con placas que, anualmente, se presentan en las distintas consultas de medicina interna. Es por lo que nos atrevemos a asegurar que ningún médico normal hubiera sospechado que el cuadro que presentaba el niño era algo distinto a lo que parecía presentar, es decir, una amigdalitis aguda con placas (anginas).

Pero el desventurado niño no se cruzó con un médico normalito, sino con un médico con unas características especiales que le hicieron pensar, inmediatamente, en la difteria y, además, por si fuera poco, este médico estaba presuntamente dotado con el don de la profecía, puesto que ya había advertido, hacía unos años, a los irresponsables padres españoles que decían que no vacunaban a sus hijos del peligro  al que se exponían… Llevaba años de vocero de las vacunas en tierras de Cataluña, pero se quejaba del poco caso que algunas pocas familias hacían de sus advertencias… y un día, en el que él estaba de servicio, sospechó de difteria ante un cuadro febril con amígdalas que presentaba un niño no vacunado… este era el caso que estaba esperando…  por fin se iban a cumplir sus predicciones proféticas… y pensó al ver al niño abotargado por la fiebre y las anginas…¡por fin se ha cumplido mi advertencia y se ha infectado uno! unos días después añadía en los medios de comunicación… ¡ya se lo había advertido, son unos irresponsables!... dirigiéndose a los padres para reprender su rebeldía y su supuesta irresponsabilidad.

El resultado del test que nadie hubiera pedido, excepto el extraordinario médico Schneider, iba a cambiar fatalmente el destino del niño; porque desde que dio positivo al test pasó, de un minuto a otro, de tener un vulgar cuadro agudo de anginas con placas, el cual se trata, en la salud pública, con unos antibióticos y antipiréticos y suele curar en más o menos una semana, a un cuadro de la temible difteria histórica.

Se había producido el “hechizo” semántico que convertía una enfermedad en otra. Ese “hechizo” había transformado la terrible difteria en anginas en los años sesenta… el mismo “hechizo” semántico utilizado en sentido inverso transformó a las anginas en difteria en Olot en 2015… y volvimos a tener difteria en España. Es el mismo efecto del “poder creador y transformador de las palabras”, pero utilizado en sentido inverso   .

La nueva situación que se había presentado con la aparición del nombre de difteria, asustó a los padres, a los médicos y los ciudadanos, pero sobre todo complicó el tratamiento del niño; puesto que ya no era asunto de unas anginas gordas e inflamadas… sino de difteria; ahora se requería además de la carga tóxica y abundante de antibióticos, calmantes y antipiréticos… de un suero antidiftérico.



El tratamiento con suero antidiftérico, como hemos dicho, es tan antiguo y peligroso que había sido totalmente abandonado por la práctica médica en Europa occidental, por eso, tuvieron que encontrarlo en Rusia. Este país conservaba algunas unidades de suero antidiftérico que usaron en la década de la disolución de la U.R.S.S. como hemos contado antes. El que pudieran encontrar este suero de hace más de veinte años en Rusia, puesto que no quedaban en los países de nuestro entorno, no fue un acontecimiento afortunado para el pequeño paciente, puesto que ya no había excusa, habíamos vuelto atrás en el tiempo…  el hechizo había revertido su sentido y se había hecho realidad la difteria… había vuelto el terrible mal y pensaron tratarlo como siempre… y se lo administraron intravenoso para curarle… como en los viejos tiempos de la terapia de los sueros de animales… El niño murió “misteriosamente” después de unos días de administrarle el suero antidiftérico, a pesar de estar en una moderna unidad de cuidados intensivos de uno de los mejores hospitales.

Las terapias con sueros antidiftéricos habían sido abandonadas en todos los países occidentales a partir de los años sesenta, por la cantidad de problemas de reacciones inmunológicas que ocasionaban, en los tiempos en que se utilizaron. Los sueros de animales provocan en el receptor una reacción inmunológica de rechazo de tejidos… y los médicos que se atrevían con ellos sabían que siempre que se administren, se tenía que temer la reacción del receptor a los sueros, es decir, del paciente; puesto que en un porcentaje importante de casos, se producen reacciones graves de rechazo, shocks anafilácticos y reacciones inflamatorias generalizadas. Precisamente, cuando en los años cincuenta y sesenta se empezaron a utilizar los antibióticos, se abandonaron definitivamente los tratamientos con sueros.

No podemos comprender la elección del tratamiento de suero de animal en un hospital moderno, como ha ocurrido en el caso del paciente de Olot.


Pero ¿por qué son tan tóxicos estos sueros? Esto es debido a que esos sueros antidiftéricos se sacan de la sangre de caballos y que su inoculación en el medio interno causa una reacción inmunológica casi imposible de prever y de controlar. Por estas razones, excepto en la U.R.S.S…. su utilización había sido abandonada en toda Europa y USA.

El niño de Olot se tuvo que enfrentar a esta terapia tan agresiva,  había sido “señalado” por un moderno test…después de un mes de UCI murió “misteriosamente”. Pero a pesar de todas estas vicisitudes que hemos sacado exclusivamente de la propia información oficial, las autoridades salieron en los medios de comunicación diciendo dos cosas: El niño había fallecido a causa de la difteria, sin ninguna duda. No comentaron nada del agravamiento que sufrió el niño, después de haberle administrado el suero, no comentaron cómo pudo morir un niño (aunque fuera de difteria) en una moderna unidad de cuidados intensivos… sólo añadieron la sentencia de que los responsables… eran los padres por no haberle vacunado.

El caso ha durado poco más de un mes en los medios de comunicación y luego desaparecerá de la memoria colectiva; la velocidad de la existencia en este tiempo que nos ha tocado vivir lo exige así. Y en el consciente colectivo y en las estadísticas nacionales aparecerá este caso como un caso único en España desde hace 30 años. Pero antes de que eso pase a la historia, queremos proponerle al lector, como siempre, unas cuantas reflexiones que quizá le ofrezcan unas respuestas que no esperaba, veamos: 

Lo primero que podemos sacar del relato de los hechos descritos por los técnicos oficiales que han llevado el caso, es que, según la medicina moderna, lo único que puede diferenciar un cuadro de amigdalitis con placas de un cuadro típico de difteria es el test que le realizaron en el Instituto Carlos III. Si este test hubiera dado negativo, el niño hubiera seguido siendo tratado de una amigdalitis vulgar con antibióticos y antipiréticos y seguramente se habría curado en una semana.

Este test parece ser la fórmula definitiva de diagnosticar la difteria, pero recordemos que se afirma eso del test después de más de cien años de asegurar que la presencia de bacilos era la prueba y la causa de la enfermedad. Nosotros no valoramos ni discutimos la inhabilidad del test, pero la ciencia médica oficial dice que es la prueba definitiva y que está a disposición de los médicos españoles desde el año 2007.

Pero si todo esto es verdad como afirman los responsables de Sanidad, y sólo por medio de un test de hace siete años se puede saber científicamente si unas amígdalas inflamadas son diftéricas o no…nosotros no lo discutimos porque como nuestro venerado filósofo, el viejo Sócrates, no sabemos nada… sólo nos hacemos preguntas y se las proponemos al lector: considerando que la difteria se puede diagnosticar con seguridad y diferenciarla de las anginas comunes desde hace ocho años, por mediación del único test o prueba analítica infalible admitido por la ciencia actual[1]… podemos preguntarnos lógicamente...

¿Cómo se diagnosticaba la difteria a principios del siglo veinte, sin la existencia del test? ¿cómo hemos podido diferenciar los médicos españoles durante toda nuestra vida, un cuadro de anginas de un cuadro de difteria, admitiendo que nunca hemos utilizado el nuevo test?...  Naturalmente, no lo hemos utilizado porque siempre hemos tratado los cuadros de amigdalitis como si fueran casos de amigdalitis, no teníamos dudas y no teníamos sospechas… ni un ojo clínico tan poderoso como el del Dr. Schneider, simplemente, los tratábamos como un cuadro de anginas y los curábamos con o sin antibióticos. Y esa es la causa de que los médicos españoles y europeos no tengamos conciencia de habernos encontrado nunca con un caso de difteria.

 La amigdalitis aguda nunca ha sido un cuadro difícil de tratar y, este médico, no recuerda ningún caso de amigdalitis aguda que no curase en un periodo de más o menos una semana. Hemos tratado cientos, quizá miles, en más de treinta años de ejercicio de la medicina, y no creemos que las amigdalitis sean difíciles de tratar; nunca se nos ha presentado un caso que terminara fatalmente; y estamos seguros de compartir esta opinión con la mayoría de los médicos en activo en consultas de la seguridad social de todo el país.

Otra información, perfectamente oficial, que nos ha llegado del caso es que, para buscar el supuesto foco de la infección, se les hizo el infalible test a las personas del hábitat mas cercano al niño… e  inesperadamente para los técnicos, dieron positivo al test varias personas que estaban vacunadas, concretamente 8, entre un total de 57, es decir, un 18%.  Inexplicablemente se les administró antibióticos aunque estaban sanos y sin ningún tipo de molestia ni síntoma. No tenían ninguna molestia pero, se les administró antibióticos porque el test decía, clara y analíticamente, que tenían la difteria.

Si alguno de ellos hubiera presentado una amigdalitis en ese mismo momento… ¿se le hubiera administrado el suero antidiftérico? Afortunadamente, estos portadores sanos no presentaban amigdalitis y eso quizá les salvó de ser etiquetados de diftéricos y de que les inyectasen el suero.
Pero si en el entorno limitado del niño de Olot han encontrado, analíticamente, “difteria” con facilidad y rapidez en varias personas sanas… hay que seguir haciéndose unas reflexiones lógicas y contestárselas:

¿Qué pasaría si nos hicieran el test a toda la población?.... Hay que pensar que, como ha ocurrido en Olot, habrá que esperar que muchos vacunados (un 18% de la población) y no vacunados (no sabemos cuántos) den positivo al test que denuncia que padecemos la enfermedad, la supuesta difteria.  
                                                                                    
¿Qué le hubiera pasado a las generaciones de españoles que, como el autor, padecimos de anginas en los años sesenta y nos las extirparon?… ¿qué nos hubiera pasado si nos hubiesen sometido al test? Lo lógico es que muchos (no sabemos cuántos, un 18% o más) hubiéramos dado positivo y en vez de recibir antibióticos y amigdalectomía, hubiéramos tenido que enfrentarnos a los sueros antidiftéricos. Menos mal que los médicos que nos tocaron en suerte ya habían abandonado la costumbre de nombrar y de pensar en la difteria cuando veían un cuadro de anginas y no tenían, todavía, a disposición… el test definitivo.

¿Qué hubiera pasado con los miles de casos de amigdalitis aguda que hemos atendido los médicos españoles en estos 30 últimos años, si les hubiéramos sometido al nuevo test? 

La respuesta es clara: en vez de tratarles y curarles con facilidad una amigdalitis, a muchos de ellos, les hubiéramos diagnosticado de difteria. Y ellos como pacientes y nosotros como médicos nos hubiéramos tenido que enfrentar a los peligrosos sueros antidiftéricos que hubiéramos tenido que prescribir. Por fortuna para pacientes y médicos españoles, las amigdalitis agudas con placas o anginas, sólo han sido eso y nada más; las hemos tratado como lo que eran, nunca pedimos ese test… durante treinta años… y se han curado.

¿Serían las estadísticas las mismas que han sido sin el test? Naturalmente que no.  No llevaríamos 30 años sin casos de difteria, como se ha demostrado claramente en Olot. Si los médicos españoles que fuimos formados en los setenta se nos hubiera entrenado para hacer el diagnóstico diferencial, entre una difteria y una amigdalitis aguda con placas, con ese test… con los datos que tenemos y nos han relatado las autoridades técnicas que han llevado el caso, hay que concluir lógicamente que no llevaríamos 30 años sin difteria en España sino que, como mínimo, el 18% de la población de ciudadanos que han tenido anginas, y que están operados de amígdalas hubieran tenido en realidad difteria.

Y por último, ¿qué pasaría si a raíz del caso de Olot y siguiendo el ejemplo de Schneider, a partir de ahora, los médicos españoles hacemos el test en todos los casos que nos encontremos de amigdalitis en placas?              
                                             
Si lo aplicamos a partir de ahora, es lógico pensar, que volverá la difteria (de hecho ya ha vuelto en Olot, donde el 18% de la población da positivo al test de difteria) a las estadísticas españolas, y volveremos a tener que fabricar sueros y aplicarlos a los niños con amigdalitis que, durante todos estos años, se han curado las amigdalitis con placas, sin necesidad de utilizar sueros. 




[1] Se utilizan dos tests: el ELEK para distinguir la bacteria que se considera capaz de segregar la toxina que produce la difteria de otras denominadas “difteroides” y la PCR que detecta la presencia del gen de la toxina y es el que se considera definitivo. Sin embargo los propios documentos oficiales de los protocolos de actuación ante casos de difteria reconocen su falta de fiabilidad. Así, el Protocolo de Vigilancia de Difteria elaborado por la Red Nacional de Vigilancia Epidemiológica dice en la página 106 sobre la PCR aplicada a la Difteria: “Sin embargo no demuestra si la cepa expresa la toxina diftérica por lo que sus resultados deben ser interpretados con cautela ya que algunos aislamientos de las especies toxigénicas de Corynebacterium poseen el gen de la toxina pero biológicamente no la expresan”. Documento completo en Internet: http://www.isciii.es/ISCIII/es/contenidos/fd-servicios-cientifico-tecnicos/fd-vigilancias-alertas/PROTOCOLOS_RENAVE.pdf. El asunto es mucho más grave cuando se sabe algo desconcertante: que además de las diftéricas existen otras bacterias capaces de producir la toxina de la difteria, como la C. Ulcerans y la C. Pseudotuberculosis (A Efstratiou, RC George “Laboratory guidelines for the diagnosis of infections caused by Corynebacterium diphtheriae and C. Ulcerans”. Commun Dis Public Health 1999: 2: 250-7; https://www.gov.uk/government/uploads/system/uploads/attachment_data/file/355490/guides_coryne.pdf).

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martes, 19 de abril de 2016

Contra el integrismo científico

El lado oscuro, crematístico y criminal de los gestores dela ciencia

Réplica a Rosa Guevara Landa

“En tanto que la razón científica se ha constituido en la más eficaz retórica de la verdad de nuestros tiempos también debe constituirse en el blanco principal para quienes pretendemos luchar contra los dispositivos de sumisión. Atacar la razón científica es hoy una necesidad, no para acabar con el conocimiento científico sino para romper su funcionamiento como retórica de la verdad”.
Tomás Ibáñez. Archipiélago, 20: El cuento de la ciencia.

El pasado 29 de febrero, apareció en la sección de Opinión del diario de contrainformación Rebelión un artículo de Rosa Guevara Landa titulado El lado oscuro,crematístico y criminal de las pseudociencias, en el que hace una crítica que me veo obligado a calificar de severa y arrojada, pero también de totalmente desafortunada y falaz.

Que este tipo de diatribas aparezcan en la prensa sistémica es algo que podríamos considerar connatural con el ejercicio del poder, pero que lo haga en las páginas —tan queridas y respetadas— de este medio rebelde y de la mano de una autora que ha demostrado sobradamente su compromiso y capacidad crítica resulta cuando menos preocupante y muestra hasta qué punto es necesario y urgente atender al llamamiento de Tomás Ibáñez con el que he querido arrancar estas reflexiones.

Guevara no parece consciente del papel que el discurso científico tiene como sostén del discurso ideológico del capitalismo, tal y como advierten y analizan autores como Paul Feyerabend, Humberto Galimberti, Roger Garaudy, Emmanuel Lizcano o Tomás Ibáñez.

Guevara obvia la diferencia fundamental entre la Ciencia y sus gestores. Como toda idea, la idea de Ciencia puede ser maravillosa; pero como toda idea, el problema viene cuando se encarna en seres humanos imperfectos y por desgracia poco maravillosos. No desconfío de la Ciencia como tal —siempre y cuando permanezca dentro de los límites que le corresponden— desconfío de quienes gestionan su discurso, sus aplicaciones, sus resultados. Y rechazo absolutamente que pretendan convertirla en la única herramienta de conocimiento posible en un alarde de etnocentrismo cuyo único fin es el dominio y el mantenimiento de la desigualdad y los privilegios de los de siempre.

Guevara refuerza el modelo médico dominante industrial y enraizado en el capitalismo: ese modelo surgió durante el siglo XIX al confluir los intereses de la industria farmacéutica y los de la clase médica dominante, se consolidó a lo largo del siglo XX, favorecido por la reconversión de las multinacionales farmacéuticas tras la Segunda Guerra Mundial y su control de la formación, información, investigación y servicios sanitarios (tanto los privados como los mal llamados “públicos”), y mantiene una amplia credibilidad e influencia debido, no a razones científicas sino socio-políticas: son los enormes intereses de poder —no sólo económico— los que mantienen vigentes los dogmas de un modelo que ha fracasado a la hora de resolver los problemas de salud crónicos y degenerativos que él mismo ha contribuido a provocar y que está haciendo que cada vez más gente acuda a otras terapias, lo que ha desatado una guerra contra ellas.

Guevara se hace cómplice de lo que Emmanuel Lizcano llama fundamentalismo tecno-científico, reproduciendo en este artículo su discurso integrista que pretende imponer lo que ellos definen como “medicina científica”, considerando el resto como “magia” y “estafa”, con la paradoja añadida de que es precisamente la medicina moderna, industrial, farmacológica, reduccionista, la que adolece de base científica estricta.

Y por último, Guevara nos pone como ejemplo un caso que está siendo utilizado de modo absolutamente rastrero por los mencionados grupos de integristas científicos –más o menos organizados, más o menos “incrustados” en instituciones científicas, universidades y medios de comunicación- tomando como base un artículo publicado por el diario que ella denomina “global-imperial” y a cuyos jerifaltes ha denominado “derecha extrema más literal”. El caso está aún en instancias judiciales tras haber sido desestimado en primera instancia, y me consta que se avecinan novedades que pondrán en claro todos los detalles sacando a la luz las manipulaciones y mentiras que se han vertido y que Guevara reproduce sin contrastar.

En el mejor de los casos, el artículo de Guevara peca de una peligrosa ingenuidad que no podemos permitirnos en estos tiempos en que nos encontramos en manos de quienes tienen el poder suficiente para conseguir que sus teorías se acepten y para impedir que otros las refuten; o, en caso de que algún investigador honesto lo consiga, simplemente acallarlo, desprestigiarlo, encarcelarlo y lo que haga falta. En palabras de Paul Feyerabend, “la ciencia [...] ya no amenaza a la sociedad, es uno de sus más poderosos soportes”.

Quienes queremos cambiar la sociedad y entretanto luchar contra quienes ostentan poder y privilegios, tenemos la obligación de atravesar ese muro de falsa legitimidad que pretende conferir el discurso científico para producir Verdad: detrás –o mejor dicho, por encima- de quienes controlan el modelo médico dominante están los mismos que declaran las guerras, arrasan nuestro ecosistema, controlan los recursos y administran la muerte. Mucho cuidado a la hora de elegir compañeros de batalla.


Jesús García Blanca
Publicado en Rebelión, 19 de abril, 2016: http://rebelion.org/noticia.php?id=211336



domingo, 17 de abril de 2016

Desmontando el caso Olot (4)

Por tratarse de un caso especialmente mediático pero también extraordinariamente clarificador, reproduzco aquí en varias entregas, con permiso de nuestro editor, el capítulo 5 de la Primera parte del libro Vacunas: una reflexión crítica (Madrid, Ediciones i, Dr. Enric Costa Vercher y Jesús García Blanca). Animo especialmente en este caso a hacer comentarios críticos y a compartir reflexiones o preguntas en el grupo de facebook creado hace unos meses para debatir sobre el libro: Grupo de debate sobre libros.


(4) La inocencia de los que no se vacunan.
La falacia de la inmunidad de rebaño


Llegados a este punto, proponemos al lector un análisis de la información oficial que nos han proporcionado. Otra vez, no son datos nuestros que hayamos encontrado después de muchas investigaciones y mucha bibliografía… son datos ofrecidos por las autoridades oficiales que han llevado el caso y lo han transmitido y comunicado por todos los medios de información, pero que nosotros los vamos a aprovechar para ponerlos a disposición del lector e invitarle a reflexionar y que así pueda descubrir la verdad de toda esta historia.

Durante mucho tiempo, los que hemos decidido prescindir de las vacunas por unas u otras razones, hemos tenido que soportar la acusación de ser un peligro para los vacunados, es decir, para la inmensa mayoría. Esa acusación de ser un peligro para los demás iba seguida de otra acusación, la de ser unos parásitos sociales que nos  aprovechábamos de la “inmunidad de rebaño”, es decir, de que los vacunados no nos podían infectar a nosotros. Esta acusación que ha resultado ser falsa es la que sirve de excusa y razón suficiente para que muchos médicos y ciudadanos consideren justa la obligatoriedad de la vacunación.

Pero mira por donde, el caso de Olot, según la propia información oficial desmiente de forma indiscutible esta acusación que ha pesado sobre los ciudadanos no vacunados, porque desde el principio del caso han afirmado en varios medios de comunicación que el foco de infección estaba en gente vacunada, es decir según la doctrina oficial, los vacunados están protegidos por el supuesto efecto protector de la vacuna, esta bien; pero, además, pueden infectar a otros que no lo estén.
Este caso de contagio de la difteria de un vacunado a otro que no lo está, desmiente totalmente el pretendido efecto de inmunidad de rebaño… puesto que el rebaño, como han afirmado oficialmente, puede infectar y ha infectado a uno que no era del rebaño. Un niño no vacunado que era acusado de beneficiarse de la inmunidad de rebaño de vacunados… ha sido infectado por éste… entonces ¿donde está el beneficio y la acción parasitaria de los no vacunados?  Este caso ha demostrado claramente que los focos de infección siempre están presentes, incluso si toda la población en su totalidad estuviera vacunada. Los ciudadanos vacunados y, por tanto, portadores sanos continuarían siendo focos de infección… entonces ¿qué importancia tiene que haya un grupo, grande o pequeño que no se vacune?


La reflexión lógica de la información oficial nos lleva a concluir que no se puede acusar al grupo de no vacunados de propagar entre los vacunados enfermedades infecciosas, puesto que estos últimos son portadores sanos que pueden infectar a otros. En todo caso los vacunados portadores sanos que son el 93% de la población tienen mucha más probabilidad de infectar a los no vacunados que son una minoría y de reinfectarse entre ellos.

Como además la función de la vacuna es proteger a los vacunados y no tiene acción germicida alguna ¿De dónde se deduce que los no vacunados son un peligro para alguien que no sean ellos mismos?  Si la mayoría de la población son portadores sanos… ¿Qué importancia tiene que haya un pequeño grupo de portadores no vacunados?... ¿Qué importancia tiene el tamaño de un perro u otro, si los dos tienen pulgas?

A los no vacunados, se les puede tachar, desde el punto de vista del sistema oficial, de ilusos, de masoquistas, de hippies, de temerarios, de irresponsables…  pero ha quedado bien claro que no se les puede acusar de ser un peligro para los demás ciudadanos que están vacunados, puesto que éstos son portadores sanos que pueden infectar y además, según la doctrina oficial, no pueden ser infectados: ¿qué peligro les acecha entonces?

De lo cual se desprende lo inútil y sin ningún sentido lógico que sería obligar a todo el mundo a vacunarse para acabar de erradicar una enfermedad. Puesto que el caso de Olot ha demostrado que los focos de infección han sido los vacunados.

Lo que muestra que ese deseo político y “religioso”, ese empecinamiento fanático de imponer la obligatoriedad de las vacunas contra la lógica más evidente, no obedece a un sentido coherente y racional sino a un abuso de poder que esconde obscuros y espurios intereses.
Esta reflexión que proponemos al lector, debe servirle para argumentar contra todos aquellos que esgrimen que los no vacunados son parásitos de los demás. Ha quedado bien claro, por las propias declaraciones oficiales, que los no vacunados no tienen, ni pueden tener más capacidad de contagiar a alguien que los vacunados… y que en todo caso, según la propia doctrina oficial, éstos son unos irresponsables y unos temerarios… está bien, nosotros tenemos nuestras razones que explicamos en este estudio, pero ha quedado claro que no somos un peligro para nadie.

Después de esta primera reflexión, vamos a seguir con el análisis del caso de Olot y con la propia información oficial que nos han servido las autoridades sanitarias, puesto que este caso resume todas las contradicciones, confusiones de lenguaje y mentiras que han caracterizado toda la historia de la teoría de la infección y de las vacunas. Veamos:

Los médicos que han llevado el caso han dicho que el niño no vacunado se ha infectado, precisamente, por no estarlo. Sabemos que en la misma ciudad de Olot hay varias decenas de niños no vacunados y, en el resto de España, varias decenas de miles que, como el niño de Olot, están rodeados por la inmensa mayoría de niños vacunados y portadores sanos, como los que rodeaban al nombrado niño… entonces…

¿Cómo es posible que se haya producido un sólo caso en toda España y en Olot mismo en un período de 30 años?...  ¿Tiene sentido lógico que no haya habido ningún caso en miles de niños no vacunados, rodeados por otros muchos más miles de niños vacunados y con capacidad de infectar a los primeros?

Quizá el lector se pregunte ante esta realidad tan extraña: ¿Es muy difícil y complicado el mecanismo de infección de la difteria? ¿Se necesita quizá contacto intravenoso o visceral entre individuos para que se produzca el contagio, como se afirma en los casos del SIDA o en la hepatitis B o C?...   Puesto que si el contagio de la difteria fuera muy difícil y complicado, quizá, esa dificultad podría justificar la ausencia de contagio durante un período de treinta años.

La respuesta a estas preguntas es negativa, puesto que la difteria, según todos los manuales oficiales de salud, se contagia a través del aliento. ¿Hay algo que compartan e intercambien más los niños que juegan juntos que… el aliento?

Sabiendo esto el lector se puede preguntar con mayor razón: Si la difteria se contagiara verdaderamente y si, además, fuera por medio del aliento… ¿Pueden pasar treinta años sin que haya habido un sólo caso de contagio cuando viven decenas de miles de niños no vacunados rodeados de más miles de niños portadores sanos con capacidad de infectar a otros no vacunados?  Si eso no es posible lógicamente… simplemente… es que es imposible.


Por tanto, lo que ha ocurrido no es, ni puede ser, ni ha sido… un caso de una enfermedad epidémica, como se le supone a la histórica difteria, sino que ha sido un cuadro de amigdalitis aguda con placas y fiebre alta, es decir, un cuadro de anginas; un cuadro medianamente frecuente en nuestros días y que cualquier médico internista español atiende varias decenas de veces al año. Por tanto el niño se presentó con un cuadro de anginas y fiebre… sólo que inversamente a lo que pasó en España en los años sesenta que se cambió el nombre de difteria por el de amigdalitis aguda…y desapareció la difteria; por el mismo efecto transformador del lenguaje actuando en dirección opuesta, es decir, llamando con el nombre de difteria a un cuadro de amigdalitis aguda… ha vuelto la difteria a la realidad española… porque en realidad no son enfermedades distintas, como ya hemos explicado, son un único y mismo cuadro, la difteria y las amigdalitis son la misma enfermedad, son el mismo perro pero con diferente nombre en el collar… ¿curioso, verdad?


Esta conclusión que ofrecemos a la reflexión del lector la vamos a explicar con más detalle, y para ello nos serviremos, de nuevo, de los acontecimientos hechos públicos por los técnicos oficiales que han llevado el caso; y que hay que decir que han dado bastantes datos en los medios de comunicación, aunque lo hayan hecho con intención de escenificar su papel de protectores y salvadores y, también, cómo no, para arremeter contra los irresponsables que no se vacunan.


Desmontando el caso Olot
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